Y es que ya no sé dónde se me escondieron los colores, los sueños, las lunas, las letras, las ganas de cantar ni las ganas de cantarte; y si cantando regresaras… ni siquiera te habrías ido, pero mis puertas ingeniosas, aprovecharon un parpadeo para obligarte a escapar; sin hacerte una pintura, sin permitirme ofrecerte un bocado de entereza, sin que mis ojos le dijeran a los tuyos que los iban a extrañar, sin que mis brazos te prestaran su calor para el camino, sonrientes al saber que los buscarías luego para recompensarlos.
Y sin gota de mí te fuiste, mientras platicaba con tu sombra, que crecía con tu distancia, imitándote tan bien que casi logra engañarme, pero la delató un tambaleo que se le escapó cuando ya no supo donde guardar mi mirada, esta mirada que se consumía en felicidad cuando acariciaba a tu doble, hipnotizada por la perfecta sincronía con que ejecutaba tus movimientos. Pero el talento se le acabó y en ese instante desperté, asustado. Y volteé buscándote a ti, con el alma consolándome, pero ya era tu sombra muy grande y tu figura muy pequeña, habías caminado tanto que hasta los confines te extrañaban.
Y maldije a mis puertas por decidir sin mí el momento de tu partida, las insulté tan alto que se cerraron vengativas sin intención de ceder cuando descifraron mi decisión de salir tras de ti. Y luché contra ellas hasta desgarrar mi piel, hasta que mi alma, siempre preocupada por mí, fue a encontrarme en aquella batalla que amenazaba con borrarme la cordura, y siendo mi alma más noble que yo, supo como abrir mis puertas sin forzarlas.
Y corrí. Te juro que corrí más rápido de lo que tengo por ser de carne permitido, corrí con tu recuerdo como motor y con las alas castigadas seguro de que mi goce sería más grande al llegar a ti sin ninguna ventaja más allá de las piernas. Pero tu decisión no fue complaciente, y no te dejaste alcanzar.
Y caí sobre mis rodillas, hundido en una tranquilidad imprudente; ya no tenía heridas, ya no tenía sed, ya mi sangre no quemaba, ya me había abandonado la ansiedad.
Y no me viste sonreír, no me viste caminar, no me viste despertar, no me viste proteger, no me viste esculpir cuentos, ahuyentar demonios, ganar guerras, atesorar vidas; no me viste clavar los ojos en cimas que después alcanzaría, no me viste ejercitar el corazón, ni conquistar el firmamento para ti.
Hoy mis manos están completas, y muy cierto es que me significan la vida, pero saben mis manos entender sin ofenderse cuando les cuento que prefería verlas desdibujadas entre tu pelo.
Comentarios, tengo muchos. Pero sólo puedo y quiero decir que me siento identificado: mis puertas se cierran tosca y neciamente al mismo tiempo que se abren y me dejan ver el error en el cual caí.
ResponderEliminar